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Miércoles, 08 de Septiembre de 2010. 
ARTICULOS ASTRUD
Homenaje a Ted Hughes
La columna para el número de diciembre-enero de Vanidad. (01-12-2005)

Me gustaría ser el novio de una concursante de Operación Triunfo. Os lo digo ahora, en frío, meses después del final de la cuarta edición, para que no se crea que aún estoy de subidón mediático. No hace falta que sea de las ganadoras; me basta con una cualquiera, una buena novia concursante de Operación Triunfo, sencilla, sensual, de agradable voz latina con ribetes soul.

Nos habríamos conocido en un bar de nuestro pueblo. En nuestro pueblo habría, quizá, “el bar” y “el otro bar”. En el bar nos habríamos mirado y en el otro bar, al cabo de un par de semanas, nos habríamos hablado por fin. Al otro bar se iría después de ir al bar; uno empezaría la noche en el bar, tomando cerves con los amigos, viendo el partido del Plus y luego ya un poco de música hasta que, cuando lo cierran a las tres de la mañana, nos iríamos todos al otro bar. En nuestro pueblo hará frío a lo mejor, y todo el mundo bajará la calle del bar al otro bar frotándose las manos, las chicas ateridas, preciosas con las mejillas arreboladas; la más guapa sería la concursante de Operación Triunfo.

Llevaríamos meses saliendo; años. Todos sabríamos de su don, desde siempre. Habría habido, por ejemplo, la ocasión en que alguien se llevara una guitarra a casa de algún otro y la pandilla entera cantaría Sabor De Amor, Escuela De Calor, No Me Importa Nada, a voz en grito, entre risas. Poco a poco notaríamos que nuestras voces ciegan una campana de cristal, un diapasón celeste y nos iríamos callando extasiados mientras ella, algo nerviosa, acabaría la canción acompañada solamente por nuestro amigo el guitarrista. “Que rías o que sueñes/que digas o que hagas/y no me importa nada...hasta el silencio reverencial y luego los aplausos, vivas, y yo le daría un beso.

Cuando saliese la convocatoria para el casting de OT la animaríamos a presentarse. El primero en decírselo sería sin duda nuestro amigo moderno, el que está al tanto del pop y sus estrellas; luego los demás una y otra vez mientras ella menearía la cabeza, que no, que no. Un día me sentaría delante de ella, le miraría a los ojos, le atusaría el adorable flequillo y le diría “No puedes desperdiciar esta oportunidad. Yo creo en ti. Dios, es tu sueño”. Nos abrazaríamos y allí mismo ella enviaría el SMS y me sonreiría.

El día del casting nos levantaríamos temprano e iríamos en mi coche a la capital de provincia. Ella llevaría unos pantalones de cintura baja y un jersey sin mangas, y se habría maquillado con esmero. Pasaría el primer corte, y el segundo. Cuando viniera a darme la noticia de que ha pasado el tercero un cámara la seguiría y la filmaría mientras ella se me echaría encima y me cubriría el rostro de besos, llorando ya. Celebraríamos su entrada en la Academia con una gran fiesta con la pandilla y, al día siguiente, una cena íntima los dos solos. Haríamos el amor y ella me cantaría You Are The Sunshine Of My Life.

Luego las llamadas de teléfono desde la casa, “-Te echo de menos -Aguanta, cariño, disfruta de esta ocasión única, te quiero”; los cínicos comentarios sobre ella en el debate del magazine de mañana, que me harían hervir la sangre; una visita por sorpresa (cuántas semanas sin abrazarla, Dios, pensaría yo); los besos que me tiraría a cámara; los jugueteos con sus compañeros de estudio, pero todo se lo perdono, Dios, qué guapa es; las camisetas que imprimiríamos con su cara y la reunión con el concejal de turismo para preparar una retransmisión desde la plaza del pueblo.

Por fin llegaría la semana en que, nominada, con todos los pronósticos en contra, eligiría cantar You Are The Sunshine Of My Life en la gala. La expulsarían y, cuando cantase otra vez You Are The Sunshine Of My Life para despedirse del público yo, sin imaginar que las cámaras me estarían enfocando, lloraría; lloraría desconsoladamente.


 

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Miércoles, 08 de Septiembre, 2010.