Septiembre
El artículo para el número de Vanidad de septiembre, "Septiembre". En la entradilla que escriben los de Vanidad, se dice algo sobre no sé qué "contraposición de la nostalgia" o algo así. Eso no lo ha escrito Manolo, ni tiene sentido, ni nada. (01-09-2005)
A
ver si por una vez me sincronizo con la fecha en que se publica esta
columna. Septiembre, ¿no? Entonces, la nostalgia.
El
final del verano llegó, no sé qué, supuestamente
eso da pena. Yo esto lo estoy escribiendo en junio, así que me
cuesta conectar con el sentimiento en cuestión. De este lado
del verano, según se ve, estamos contentos.
Además,
a la nostalgia ya no hay quien se la crea; ha perdido los papeles.
Tengo las razones habituales para quejarme de ella: esa manía
por aferrarse uno a lo que no existe. ¡Si no se puede, si es
que justamente no existe! Pero tengo también otra razón,
nueva, buena, vais a ver. Es la contracción de la nostalgia:
Puedo
entender la necesidad de estirarnos, quizá dolorosamente, en
dirección a lo que nos apetece y nos queda lejos. Incluso
puedo entender que merezca un nombre especial ese estirarse cuando se
da el caso de que una vez tuvimos lo que ahora nos apetece y nos
queda lejos: el hogar perdido (lo de Ulises con Itaca; precisamente
de ahí viene nostos, la vuelta a casa, y algos,
la pena de no estar haciéndolo), la juventud perdida (los
viejos nos parecen la encarnación más clara de la
nostalgia, cuando en realidad ellos están a lo suyo: pobre
Emilia, el disgusto que lleva; o bien cómo va a engordar el
flan, hija, si sólo lleva huevos, leche y azúcar; o
bien no, que no, que te digo que no quiero). Pero desde Itaca y
los viejos hasta nosotros la nostalgia se viene contrayendo.
Nostalgia de cuando hacíamos la carrera; nostalgia de hace
cinco años; nostalgia del año pasado; nostalgia, en
septiembre, del verano que aún no se acaba. Qué
pensaría Ulises, qué pensarán los viejos. Cuánto
hace falta estirarse para llegar al año pasado; no gran cosa.
Propongo que lo que ocurre es que nos estiramos, a la vez, hacia
adelante y hacia atrás. En el momento en que decidimos que se
ha acabado, que hemos perdido lo que sea, decidimos también
que la pérdida nos va a acompañar siempre -o hasta el
junio que viene-, recorremos nuestra historia en ambas direcciones y
sentimos nostalgia de lo que acabamos de dejar, en nombre de quien
seremos cuando realmente tengamos derecho a sentir la perdida.
Incluso si es aceptable lamentarse de lo perdido, es inaceptable que
lo haga el yo futuro, por poderes. El yo futuro. ¿Habrá
quien se lo crea?
Y
es que, además, si se quedara ahí la nostalgia, uno
casi, casi estaría dispuesto a perdonar. Pero no: una vez
comprimida contra el momento presente, cuando ya es todo pasado
inalcanzable desde el momento en que ocurre, la nostalgia se da la
vuelta: nostalgia de lo que no hemos vivido, de las vidas que no son
la nuestra, nostalgia de cuando seamos viejos, del verano que viene.
Pero ¿qué somos, unos soñadores abúlicos,
unos cursis de mierda?
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