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Miércoles, 08 de Septiembre de 2010. 
ARTICULOS ASTRUD

Ilustración: Carlos Ballesteros.
Septiembre
El artículo para el número de Vanidad de septiembre, "Septiembre". En la entradilla que escriben los de Vanidad, se dice algo sobre no sé qué "contraposición de la nostalgia" o algo así. Eso no lo ha escrito Manolo, ni tiene sentido, ni nada. (01-09-2005)

A ver si por una vez me sincronizo con la fecha en que se publica esta columna. Septiembre, ¿no? Entonces, la nostalgia.

El final del verano llegó, no sé qué, supuestamente eso da pena. Yo esto lo estoy escribiendo en junio, así que me cuesta conectar con el sentimiento en cuestión. De este lado del verano, según se ve, estamos contentos.

Además, a la nostalgia ya no hay quien se la crea; ha perdido los papeles. Tengo las razones habituales para quejarme de ella: esa manía por aferrarse uno a lo que no existe. ¡Si no se puede, si es que justamente no existe! Pero tengo también otra razón, nueva, buena, vais a ver. Es la contracción de la nostalgia:

Puedo entender la necesidad de estirarnos, quizá dolorosamente, en dirección a lo que nos apetece y nos queda lejos. Incluso puedo entender que merezca un nombre especial ese estirarse cuando se da el caso de que una vez tuvimos lo que ahora nos apetece y nos queda lejos: el hogar perdido (lo de Ulises con Itaca; precisamente de ahí viene nostos, la vuelta a casa, y algos, la pena de no estar haciéndolo), la juventud perdida (los viejos nos parecen la encarnación más clara de la nostalgia, cuando en realidad ellos están a lo suyo: pobre Emilia, el disgusto que lleva; o bien cómo va a engordar el flan, hija, si sólo lleva huevos, leche y azúcar; o bien no, que no, que te digo que no quiero). Pero desde Itaca y los viejos hasta nosotros la nostalgia se viene contrayendo. Nostalgia de cuando hacíamos la carrera; nostalgia de hace cinco años; nostalgia del año pasado; nostalgia, en septiembre, del verano que aún no se acaba. Qué pensaría Ulises, qué pensarán los viejos. Cuánto hace falta estirarse para llegar al año pasado; no gran cosa. Propongo que lo que ocurre es que nos estiramos, a la vez, hacia adelante y hacia atrás. En el momento en que decidimos que se ha acabado, que hemos perdido lo que sea, decidimos también que la pérdida nos va a acompañar siempre -o hasta el junio que viene-, recorremos nuestra historia en ambas direcciones y sentimos nostalgia de lo que acabamos de dejar, en nombre de quien seremos cuando realmente tengamos derecho a sentir la perdida. Incluso si es aceptable lamentarse de lo perdido, es inaceptable que lo haga el yo futuro, por poderes. El yo futuro. ¿Habrá quien se lo crea?


Y es que, además, si se quedara ahí la nostalgia, uno casi, casi estaría dispuesto a perdonar. Pero no: una vez comprimida contra el momento presente, cuando ya es todo pasado inalcanzable desde el momento en que ocurre, la nostalgia se da la vuelta: nostalgia de lo que no hemos vivido, de las vidas que no son la nuestra, nostalgia de cuando seamos viejos, del verano que viene. Pero ¿qué somos, unos soñadores abúlicos, unos cursis de mierda?

 

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Miércoles, 08 de Septiembre, 2010.